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Autor Tema: Cuento: Alí Babá y los cuarenta ladrones  (Leído 15833 veces)
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Cuento: Alí Babá y los cuarenta ladrones
« en: 30 de noviembre de 2006, 11:00:18 »

Cuento: Alí Babá y los cuarenta ladrones
Hace mucho tiempo, en una ciudad de Persia, vivían dos hermanos:
uno se llamaba Kasim y el otro Alí Babá. Ambos eran muy pobres.
Kasim, que era el mayor, se casó con una mujer muy rica y se fue a vivir a uno de los palacios de la ciudad. En cambio, Alí Babá se quedó viviendo en una mísera cabaña.
Cierto día de primavera caminaba Alí Babá por el campo cuando oyó un ruido de galope de caballos. Se ocultó y vio a cuarenta jinetes armados que se detuvieron frente a una roca. Eran ladrones que iban a esconder lo que habían robado.
De pronto uno de ellos, que parecía el jefe, gritó:
–¡Ábrete, Sésamo!
Y, al momento, la roca se abrió. Todos los jinetes entraron y la roca se cerró. Al cabo de un rato los ladrones salieron de la cueva.
Alí Babá esperó un buen rato. Luego caminó hasta la roca y repitió:
–¡Ábrete, Sésamo!
Y, ante su asombro, la roca se abrió y aparecieron grandes tesoros de oro, plata y joyas.
–¡Qué maravilla! –exclamó Alí Babá–. Cogeré unas pocas riquezas, de forma que los ladrones no se den cuenta.
Alí Babá no respiró tranquilo hasta que llegó a la ciudad. Pero en lugar de ir a su cabaña se alojó en una posada cómoda y limpia. Allí vivía Zulema, la hija del dueño, de la que estaba enamorado.
Pero Kasim no tardó en enterarse y, oliéndose algo raro, fue a visitarle: –¿Cómo es que ahora vives en una posada si eres muy pobre? –le preguntó.
–Salud, hermano –dijo Alí Babá, que, pese a todo, no le guardaba rencor por no ocuparse de él.
–¿Es que no vas a contestar a mi pregunta? –insistió Kasim.
–Pues verás, he tenido un golpe de suerte –dijo Alí Babá.
Pero su hermano no le creyó y, como Alí Babá no sabía mentir, al final le contó la verdad.
Kasim, que era muy avaricioso, se fue a la cueva con todas sus mulas y al llegar allí gritó:
–¡Ábrete, Sésamo!
La cueva se abrió y, tras pasar Kasim con sus mulas, volvió a cerrarse a sus espaldas.
–¡Qué maravillas! –dijo al ver los tesoros–. Llenaré de riquezas los sacos y seré muy rico.
Una vez que cargó las mulas, los nervios le jugaron una mala pasada.
–¿Cuál era la palabra? –se preguntaba, cada vez más angustiado–.
¿Avena, cebada, cuál?
Y gritaba:
–¡Avena, ábrete! ¡Arroz, ábrete! ¡Trigo, ábrete! –pero ninguna era la fórmula buena.
En ese momento llegaron los ladrones. Al encontrar a Kasim en la cueva, quisieron matarle:
–¡Por favor, no me matéis! ¡Os diré quién me contó el secreto de vuestra cueva! Fue mi hermano Alí Babá; él es el verdadero culpable de todo.
–¡De modo que hay más gente que lo sabe! Lo mejor será ir a la ciudad y matar a todos sus habitantes por si acaso hay alguien más que conoce el secreto.
Los ladrones se ocultaron en unas tinajas y, cargados sobre las mulas de Kasim, entraron sin problemas en la ciudad. El jefe se dirigió a la posada donde vivía Alí Babá y llevó las mulas al establo.
–A medianoche –dijo a sus bandidos– vendré y haré una señal para que salgáis y matéis a todos.
Mientras, en la posada se quedaron sin aceite. Zulema, que había visto las tinajas, pensó que contenían aceite y que si cogía un poco no iba a pasar nada. Bajó a las cuadras. Uno de los ladrones, creyendo que se trataba del jefe, preguntó:
–Jefe, ¿es hora de atacar?
Ella se acercó a otras tinajas y escuchó lo mismo.
Con mucho cuidado salió del establo y corrió a avisar a Alí Babá. Éste bajó a las cuadras y, fingiendo la voz del jefe de los bandidos, dijo:
–Un poco de paciencia, muchachos; hay un pequeño cambio de planes.
Alí Babá sacó las mulas del establo y las llevó a los soldados del califa, que apresaron a los ladrones dentro de las tinajas.
Entretanto, Zulema había puesto unos polvos en el vino del jefe para que se durmiera y no fue difícil apresarlo.
–¡Ven conmigo! –le dijo Alí Babá a Zulema–. Quiero que veas una cosa.
Y condujo a Zulema hasta la cueva. Allí estaba Kasim, que, a causa del miedo, había perdido la razón.
–¡Esto es precioso! –exclamó Zulema al contemplar el oro y las joyas.
Pronto se casaron y, gracias a los tesoros de la cueva, no les faltó de nada, y con gran parte del dinero se dedicaron a atender a los pobres para que pudieran ser felices como ellos lo fueron.
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