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Autor Tema: Hannah Arendt y la banalidad del Mal  (Leído 4133 veces)
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Hannah Arendt y la banalidad del Mal
« en: 17 de noviembre de 2006, 12:40:31 »

Hannah Arendt y la banalidad del Mal
 
                                                               
“Durante el interrogatorio policial, cuando Eichmann declaró repentinamente, y con gran énfasis, que siempre había vivido con los preceptos morales de Kant, en especial con la definición kantiana del deber, dio un primer indicio de que tenía la vaga noción de que en aquél asunto había algo más que la simple cuestión del soldado que cumple órdenes claramente criminales, tanto por su naturaleza como por la intención con que son dadas. Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unida a la capacidad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega. El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación (...) decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: “Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales. (.... Lo que Eichmann no explicó a sus jueces fue que, en aquel “periodo de crímenes legalizados por el Estado”, como él mismo lo denominaba, no se había limitado a prescindir de la fórmula kantiana por haber dejado de ser aplicable, sino que la había modificado de manera que dijera: compórtate como si el principio de tus actos fuese el mismo que el de los actos del legislador y la ley común. O, según la fórmula del “imperativo categórico del Tercer Reich”, debida a Hans Franck, que quizás Eichmann conociera: “Compórtate de tal manera que si el Fürer te viera aprobara tus actos” 
                                                                                 H. Arendt, Eichmann en Jerusalén,
                                                                                    Lumen, Barcelona, 1999.p.206
 
“Y al igual que la ley de los países civilizados presupone que la voz de la conciencia dice a todos: <<no matarás>>, aun cuando los naturales deseos e inclinaciones de los hombres los induzcan a veces al crimen, del mismo modo la ley común de Hitler exigía que la ley de la conciencia dijera a todos <<debes matar>>, pese a que los organizadores de las matanzas sabían muy bien que matar es algo que va contra los normales deseos e inclinaciones de la mayoría de los humanos. El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se lo distingue, es decir, la característica de constituir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fuesen enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizás muchos ignoraban los detalles más horrendos), de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse con ellos. Pero bien lo sabe el señor los nazis habían aprendido a resistir la tentación”
                                                                                                              ibidem, p.227.
 
 
 
Estos son extractos del libro Eichmann en Jerusalén. La banalidad del Mal publicado en 1963 por Hannah Arendt. Eichmann, un funcionario nazi de alto rango que cumplió una función altamente criminal dentro del régimen ya que se encargaba de la organización y eficacia del sistema de transportes de los deportados de toda Europa hacia campos de concentración y exterminio, fue durante quince años uno de los nazis más buscados. En 1960 fue raptado por el Mossad en la Argentina donde el hombre vivía hacía varios años con una nueva y humilde identidad.  Eichmann fue llevado a Jerusalén donde se lo sometió a un juicio. H. Arendt se trasladó a escuchar ese juicio porque consideró que era “una deuda histórica que tenía con su pasado” y de esa experiencia surgió el libro. Éste fue muy polémico: Arendt, judía, filósofa, alemana, refugiada, discípula (y amante) de Heidegger fue muy cuestionada dentro de la propia comunidad judía. El libro no se las traía para menos, criticaba desde la legitimidad del juicio, a la inconveniencia del desfile de testigos, centenares de víctimas sufrientes pero que nada aportaban al esclarecimiento de la causa, así como la política de Israel con respecto al caso, y llegó a denunciar – quizás lo más cuestionable de todo lo dicho en el libro- un alto grado de colaboracionismo de los Consejos Judíos durante la segunda guerra. Pero además del análisis del juicio y la investigación en torno a las deportaciones de judíos en los distintos países de Europa, el libro también incluía una  tesis filosófica acerca de los motivos del accionar de Eichmann, es la conocida tesis de la banalidad del mal, tesis que Arendt profundizó en “El pensar y las reflexiones morales” publicado posteriormente en 1971 [7].  Yo no quiero entrar aquí ni podría aunque quisiera en las distintas aristas que generó la polémica.  A continuación voy a enunciar rápidamente las tesis principales de Arendt en el libro y la lectura de tales tesis que realiza Fabio Caramelli [8], un académico de la Universidad de Nápoles en un artículo del último número de la revista Espacios -que dedica un dossier al tema del Holocausto-  quien  sostiene una lectura kantiana de la tesis de Arendt.
Para Arendt, durante el proceso Eichmann surge el desafío de un mal “desconocido por nosotros con anterioridad” que nos confronta con la inquietante paradoja según la cual crímenes tan monstruosos y horribles han podido tener como autor y responsable a un hombre mediocre y banal, que por así decirlo, incluso no “se había dado cuenta de lo que hacía”. [9]... “la falta de profundidad evidente del culpable hasta el punto de que no podía hacer remontar la maldad indiscutible de sus actos a un nivel más profundos de causas o motivos. Los actos eran monstruosos, pero el autor era completamente ordinario, mediocre, ni demoníaco ni monstruoso. No había en él huella alguna de convicciones ideológicas sólidas, ni de motivaciones malignas... la única característica notable que se revelaba en su conducta... era de naturaleza enteramente negativa: no era estupidez sino una falta de pensamiento”  [10]
 “...el mal no es jamás radical, es solamente extremo, y no pertenece a la profundidad y tampoco a una dimensión demoníaca. Puede invadir y devastar al mundo entero, ya que se desarrolla en la superficie como un hongo. Tal como dije “desafía” al pensamiento, puesto que éste intenta comprender la profundidad, llegar a las raíces y cuando busca el mal, se frustra, debido a que no encuentra nada, esa es su “banalidad” [11]
 
Lo específico del régimen Nazi fue convertir toda acción moral en ilegal y toda acción legal en un crimen. En ese contexto el problema consiste en saber con relación a qué criterio se habría podido denunciar el crimen, juzgarlo como crimen, considerarlo como mal.
En “Del Mal Radical a la Banalidad del Mal. Observaciones sobre Kant Y Arendt”, Ciaramelli sostiene la filiación de la tesis arendtiana de la banalidad del mal con la tesis kantiana del mal radical presentada en el escrito kantiano de 1793 La Religión dentro de los Límites de la Mera Razón [12]. Voy a hacer primero una rápida exposición del planteo kantiano del mal radical para luego mostrar la continuidad entre esa tesis y la tesis ardentiana de la banalidad del mal según el planteo de Ciaramelli.
En la primera parte del libro “De la inhabitación del principio malo al lado del bueno o sobre el mal radical en la naturaleza humana” Kant plantea su tesis del mal radical. En este escrito Kant se pregunta por la naturaleza moral del hombre: ¿el hombre es moralmente bueno o es moralmente malo?
Kant comienza el tratado con una frase célebre: “Que el mundo está mal es una queja tan antigua como la historia”, en la historia del mundo hay sobrada evidencia empírica de la maldad humana. Kant se propone entonces investigar cuál es la naturaleza moral del hombre en lo que respecta a su bondad o su maldad. El que haya leído las obras morales de Kant ya sabrá en qué consiste la bondad para Kant. Doy por obvio que el planteo kantiano es conocido por todos.  Lo interesante que aparece en el texto que estamos comentando es que aquí Kant se pregunta por la naturaleza del mal en el hombre, un tema que en los tratados morales casi no había sido abordado. Ahora bien, el problema de la maldad del hombre no es un problema tan simple, puesto que no decimos que un hombre es malo a causa de sus malas acciones (contrarias a la ley) sino porque éstas son tales que dejan concluir máximas malas en él. El problema es que la calidad moral de las máximas así como el fundamento último de las mismas no se conoce  por experiencia. En este escrito Kant caracteriza a la naturaleza del hombre como, sólo el fundamento subjetivo del uso de su libertad en general (bajo leyes morales objetivas), que precede a todo hecho que se presenta a los sentidos, dondequiera que resida este fundamento [13]. El fundamento subjetivo de las máximas debe ser un acto de libertad, pues de lo contrario sería inimputable y por lo tanto no habría dimensión moral en el hombre. Por tanto el mal no es una determinación del albedrío, sino una regla que el albedrío se hace a sí mismo para el uso de su libertad. En este sentido la intención es el primer fundamento subjetivo de la adopción de las máximas, es única y se refiere al uso de la libertad.  El problema del mal se refiere al problema de la intención. Es importante la observación que hace Ciaramelli con respecto a este punto para comprender el planteo kantiano, la palabra Gesinnung que se suele traducir por “intención” es una noción que se debe entender como una actitud subjetiva estable, como una Denkungsart o manera de pensar que constituye el fundamento subjetivo del hacer humano y de la aceptación de las máximas [14].
La cuestión es entonces  si el hombre es moralmente bueno por naturaleza o moralmente malo. Kant examina primero la disposición al bien en la naturaleza humana y encuentra tres disposiciones: i) la ANIMALIDAD del hombre como ser meramente físico y que no requiere razón, esta comporta tres impulsos: la conservación de sí, la reproducción sexual, y el impulso a vivir en sociedad, la mala utilización de estos impulsos desemboca en tres vicios bestiales, la gula, la lujuria y la salvaje ausencia de la ley. La segunda disposición, ii) la HUMANIDAD del hombre en tanto ser viviente y racional, es el amor físico hacia así pero que se compara con el otro y por lo tanto requiere razón, se trata de procurarse un valor en la opinión del otro y descansa en el valor de la igualdad, es un motivo impulsor a la cultura, pero que puede llevar a vicios diabólicos, como el resentimiento y la envidia, iii) la PERSONALIDAD del hombre en tanto ser racional susceptible de imputación y de respeto puesto que la ley moral es motivo suficiente por sí mismo de albedrío y el hombre se gobierna por la razón incondicionalmente legisladora. Las tres disposiciones son originales al hombre, es decir pertenecen necesariamente a la posibilidad misma de la naturaleza humana. Son negativamente buenas, puesto que no están en pugna con la ley moral y son positivamente buenas porque promueven el bien.
Luego Kant se pregunta por la propensión al mal en la naturaleza humana, esta propensión no es la mera inclinación subjetiva determinada por la naturaleza, se trata de la propensión al mal moral, puesto que aquí entra en juego la dimensión moral del individuo, esta propensión está en el ámbito de la libertad humana y no del determinismo de las inclinaciones. El mal moral es el fundamento subjetivo a la posibilidad de la desviación de las máximas respecto a la ley moral. Un mal corazón es aquel que conlleva una propensión natural del hombre para la ineptitud del albedrío para admitir la ley moral, lo contrario es un buen corazón. Hay tres grados de propensión al mal en el hombre: i) la FRAGILIDAD, la debilidad del corazón humano en el seguimiento de las máximas, conozco la ley pero soy débil en el momento de cumplirla; ii) la IMPUREZA que consiste en mezclar motivos morales, con motivos inmorales. Puede haber acciones conforme al deber que no son hechas por deber; iii) la MALIGNIDAD del corazón humano, es la propensión del albedrío a máximas que posponen el motivo impulsor constituido por la ley moral a otros no morales.
El hombre en tanto ser natural y ser moral tiene como motivos impulsores tanto el amor físico hacia sí como el deber, el mero respeto a la ley moral.  En el hombre coexisten ambos aspectos, el amor hacía sí (ser natural) y la ley moral (ser racional). El problema es cual de los dos aspectos es el fundamento subjetivo de la determinación del albedrío.  La tesis Kantiana es que el hombre es bueno o malo según la subordinación de cuál de los dos motivos hace el hombre condición del otro: “El hombre es malo por cuanto invierte el orden moral de los motivos al acogerlos en su máxima: ciertamente acoge en ella la ley moral junto a la del amor a sí mismo (...) hace de los motivos del amor a sí mismo y de las inclinaciones de éste la condición del seguimiento de la ley moral, cuando es más bien esta última la que, como condición suprema de la satisfacción de lo primero, debería ser acogida como motivo único en la máxima universal del albedrío” [15]
Esto lo lleva a Kant a plantear una distinción entre las buenas costumbres y ser moralmente bueno. En el primer caso las acciones concuerdan con la ley pero no siempre tienen a la ley como único y supremo motivo impulsor, el actor sigue la ley según la letra. En el segundo caso el único motivo impulsor, sigue la ley según el espíritu. Esta posibilidad de la inversión de los motivos está muy arraigada en el hombre. De eso se trata la radicalidad del mal, de la paradoja de que, por un lado la propensión al mal tiene un profundo enraizamiento en el albedrío, Kant dice que se encuentra en el hombre por naturaleza. Por otro lado se encuentra en él como ser libre y por lo tanto se le puede imputar como culpa.  Es un mal radical porque corrompe el fundamento de todas las máximas de raíz. Pero el hombre no es malvado en sentido estricto, no tiene la intención (como principio subjetivo de las máximas) de acoger lo malo como malo por motivo impulsor en la máxima propia, lo que sería una intención diabólica y no propiamente humana, sino más bien se trata de lo que Kant llama una perversidad del corazón, que consiste en la inversión de los motivos y que se llama culpa cuando precede de la fragilidad ligada a la impureza y dolus  cuando precede de la malignidad. Esta actitud implica un engaño de sí acerca de las intenciones, que lleva a tenerse por justificado ante la ley, a sentir una falsa tranquilidad de conciencia, e incluso “la imaginación del mérito consistente en no sentirse culpables de ninguno de los delitos de los cuales ven afectados a otros...” [16] . La persistencia de esta actitud que produce una tranquilidad de conciencia que deviene insensible a la inversión de los motivos- aunque alguien se crea bueno por no haberse conducido contra la ley-, es precisamente la raíz de la inmoralidad, de la falta de conciencia moral e implica una falta de reflexión de los motivos de nuestro actuar.
Según Ciaramalli, Arendt parte de una tesis ontológica con respecto al mal. Si bien el mal no es visto como ausencia de ser – con la tradición agustiniana- no es que el mal carezca de positividad ontológica, el mal es una realidad pero que no conlleva ninguna determinación objetiva. Si se debe partir de la constatación de que nada está en el orden del ser ya en sí determinado como bien o como mal, independientemente de un acto de evaluación, interpretación y de juicio, entonces la distinción entre el bien y el mal sólo se alcanza a través del pensamiento que reflexiona y juzga la realidad.
 De allí el rol capital de nuestra responsabilidad. En esto consiste la banalidad del mal, en contra de la tradición que veía al mal como algo demoníaco y grandioso, el mal no es otra cosa que ausencia de pensamiento. Eso explica la paradoja de Eichmann, éste es un hombre mediocre y banal que sin embargo ha cometido crímenes horribles, no hay en él una maldad profunda, “no era estupidez sino falta de pensamiento”
Cuando Arendt habla de “la extraña interdependencia entre la ausencia de pensamiento y el mal” Ciaramelli ve allí una prolongación implícita de la posición kantiana según la cual el fundamento capital del mal reside en la mentira radical respecto a sí mismo que conduce a la inmoralidad, a la falta de conciencia moral.
La incapacidad de pensar es la incapacidad de ir más allá de la adecuación entre el acto y la norma admitida, incapacidad que hace cuerpo con una falta de lucidez respecto de sí, una falta de espíritu crítico, la interrupción de la actitud reflexiva: en pocas palabras, la dimisión de la responsabilidad frente al juicio que recae sobre la intención de sus propios actos. Esta incapacidad no impide el juicio de las acciones como caso sometido a la ley, sino que impide precisamente el retorno reflexivo de este juicio racional sobre sí mismo [17].
Para Arendt, Eichmann no tiene intenciones ni perversas ni diabólicas sino que carece  de conciencia moral certera y reflexiva. Realiza una aplicación adecuada de la ley y el modo de pensar “corriente” en la Alemania nazi. Pero adolece de un conformismo superficial y cómodo, una  ausencia de pensamiento- juicio reflexivo- que le  incapacita para distinguir el bien y el mal.
 La coherencia ética no es la coherencia lógica y la  significación moral sólo puede ser vislumbrada por el pensamiento.
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